A unas horas de intervenir en el juicio a los rugbiers en calidad de testigo, el remero reflexionó sobre lo que significó estar encerrado sin saber por qué y además relató el encuentro que tuvo con los padres de Fernando.
El 18 de enero de 2020, momento despues del crimen, Pablo Ventura, un remero de Zárate, fue señalado por varios de los ocho rugbiers acusados de matar a Báez Sosa como autor del hecho.
Tras la acusación, la Policía Bonaerense arribó a su domicilio en Zárate y se lo llevó esposado ante la mirada atónita de su papá, José María. Con total desesperación, el hombre corrió detrás del móvil policial en su auto, un Peugeot 208 blanco. Cuatro días más tarde, Pablo era liberado por falta de pruebas, sobreseído definitivamente.
Hoy, casi tres años más tarde, ambos fueron convocados como testigos para el juicio a los rugbiers que transcurre, desde este lunes, en el Tribunal Oral Criminal N°1 de Dolores. Pablo fue requerido por la fiscalía y por la querella. A su papá, en cambio, lo convocó la defensa de los acusados.
Pablo dice que quedó atónito al recibir la citación para declarar en el juicio. Sintió que el caso por el que pasó cuatro días encerrado en un calabozo en Villa Gesell volvía a arrastrarlo una vez más. “Lo primero que pensé fue: ‘¿Qué voy a declarar si nunca tuve nada que ver?’. Además, es volver a exponerme… Pero confío en que después de esto todo se termine de una vez”, aseguró.
El año pasado, durante el segundo aniversario de la muerte de Fernando Báez Sosa, Pablo Ventura veraneó en Villa Gesell. En ese momento quiso acercarse a la puerta del boliche Le Brique, donde Silvino Báez y Graciela Sosa encabezaban un acto, aunque no le pareció prudente. Un día después pactó un encuentro con ellos en la playa.
“Tenía ganas de hablar con ellos. Siempre me quedé con las ganas de decirles que sentía mucho lo de Fernando, porque su hijo tenía casi la misma edad que yo y salió divertirse con amigos. Fue un momento muy duro, pero después de eso me sentí mucho mejor”, explicó.